jueves, 11 de diciembre de 2008

el carnicero


EL CARNICERO
GABRIEL HERNANDEZ VALENCIA



Observando atentamente esa impecable técnica para hacer los cortes a la carne, sonreía amplia y gustosamente, acomodando sus lentes bifocales de tonalidad verde oscuro y montura de pasta gruesa y negra, al tiempo que el carnicero correspondía alegremente a la belleza de doña Susana, de Susanita.

De la juventud de Susanita se conocía poco. Solo dos fotografías de ella que siempre guardaba en su monedera. Una amarillenta ya devastada, con un traje oscuro de sastre, largo hasta la altura de los tobillos, manga larga y cinturón ancho, zapatos de charol y una mantilla de un bordado no regional alzado cubriendo uno de sus brazos. La piel tersa y brillante y los labios aún carnosos. En el fondo un puente engalanado para un día patrio con cintas oscuras, una caravana de soldados pasando sobre el y la inscripción de un número: 19-53.
La otra foto ya era poco lo que se podía ver, solo su vejes pero siempre sonriente.
Susanita vivió sola desde la guerra en el apartamento del sexto piso en un edificio de una arquitectura republicana al frente de la carnicería. Todos los domingos bajaba a las 8:00 de la mañana las largas escaleras de la fría estructura con sus huesos viejos y unas enaguas de encaje francés, para aguardar con puntualidad la llegada del pedido semanal.

Bueno, no puedo decir con exactitud como empezó esta relación, pero creo que fue por ¡media de solomito bien carnudo con olor a campo!- dijo doña Susana con una vocecita medio arenosa pero con una gran sonrisa perfilada- me acuerdo bien por lo simpático de la expresión “olor a campo”, como si a la carne de la res se le impregnara los variados aromas de la tierra, pero bueno, después de todo, uno se ríe y eso es la vida.

Ya los chismes en el barrio se desataban por lo compleja de la situación. Una mujer solitaria y de edad que cortejaba a un simple carnicero notablemente menor.

Las damas que compran siempre ven bifocalmente: en donde hay una sonrisa de estremecimiento por la delicadeza de las fibras de la carne, ellas ven una insinuación de la carne. Cuando el olor siempre es fresco, ellas un perfume barato. Y que si se pasaba la calle los dos, decían: hay van juntos. Siempre una intención de gente de bien.

En la mañana que me avisaron de la muerte de Susanita todo aclaro.

Todas fueron a su funeral para ver si el carnicero asistía, si lloraba por angustia o se disponía a una nueva conquista de otoño, pero para todos poco importo al presenciar uno a uno el cortejo atreves de ese pequeño ventanal que dejaba ver el fino corte en los labios de Susanita: era la sonrisa del carnicero que le recordaba a su gran amor, aquel que murió en guerra ajena y que estaba enterrando en la foto amarillenta marcada 19-53, aquel que perfilaba con pulcritud y destreza besos precisos. La sonrisa con la que ella nunca lo abandonó.

Soy Augusto, el carnicero el gran amigo de la vejes de Susanita, que aprendió a reír con Susanita y puedo dar fe que vi en su sonrisa mas vida que en los ojos fríos de los bueyes de alta alcurnia vestidas de cocktail que atiendo los domingos a las 8:00 de la mañana en el pequeño mostrador lustroso de mi carnicería.

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