Hay que subir muy alto para descubrir que nunca se está más cerca de la ciudad. Abajo, la mirada horizontal siempre obstruida por las paredes inamovibles de los edificios que habitamos. Al contrario, si tomamos altura, los ojos descubren que la ciudad nunca es la calle más transitada o el centro comercial más visitado. “Solo con una ardiente mirada conquistaremos la esplendida ciudad que dará luz, justicia y dignidad a todos los hombres” hombres de arena, hombres machados de polvo, hombres agotados por el trabajo diurno y el amor nocturno.
Desde aquí, tan alto, los puedo ver, en sus fabricas, ensamblando maquinas; en las calles tapando huecos, o instalando el gas; puedo ver a los comerciantes seduciendo con sus cantos el oído de los navegantes adinerados que buscan lo fatuo, lo elegante, lo necesario y también lo innecesario; la madre que prepara los alimentos, la mujer que se detiene en una esquina y enciende un cigarrillo, la mujer que inclina sus ojos ante el cadáver o el enfermo, la mujer que sonríe al recién nacido, a su hijo, también a ellas las puedo ver desde aquí, desde Juan XXIII. Un lugar con nombre de Santo, cuya labor de protección de los judíos perseguidos por Hitler lo convirtió, de Angelo Giuseppe Roncalli en el Beato Juan XXIII, en el año 2000, por orden del desaparecido Juan Pablo II.
Y no solo es un lugar de bienaventurados, también lo es de milagros, no de santo, sino de ciencia y tecnología, que cobran la forma de huevos de metal con ventanas, desde donde puedo ver sus casas, sus techos de zinc o madera; las calles donde sus hijos juegan o los colegios donde también estudian cuando pueden hacerlo; desde tan arriba se puede ver la vida de los vecinos, la vida de los amigos, la vida de las personas que quieren. “Que el cielo exista, aunque nuestro lugar sea el infierno” que el cielo siga siendo azul y que abajo, pienso dentro de uno de estos huevos, el infierno termine, que nuestros niños rían siempre y nuestras madres nunca dejen caer las mismas lagrimas de sangre y sal; que los sueños no se rompan con la misma facilidad con la que un huevo de este teleférico se rompería ante un cielo proceloso o una falla técnica, de la electricidad o de los motores que lo empujan hacia arriba, arriba, más arriba, donde nadie llega, donde solo estos huevos llegan, donde ni el santo imaginó, pudiera llegar la ciencia y la tecnología.
Pero bueno, yo no voy tan arriba. Solo hasta Juan XIII, donde nos esperan. Niños solos o con sus madres, niños que ríen, niños que juegan, niños que se cuentan secretos al oído, (desde aquí los puedo ver) nos esperan para escuchar las historias de un pato en bicicleta, las historias de una ciudad invisible, las historias de un príncipe gigante que vivía en una montaña diminuta desde la cual podía divisar a su amada princesa microscópica que habitaba en una inmensa montaña cruzando el rio.
Todas estas historias las contamos sin agotarnos aunque la voz ya no quisiera salir; sin incomodarnos aunque el sol evaporara el último gramo de agua de nuestra lengua carnavalesca; todo lo contamos y ellos también lo contaron todo, usando la plastilina con la que moldeaban sus sueños, sus mascotas favoritas, sus fantasías; usando el papel de colores para escribir sus propias historias y aventuras; usando sus manos para abrazar fuerte los libros de la caja viajera llena de libros fantásticos que leyeron hasta el cansancio, felices del momento de diversión y aprendizaje que encontraron en la carpa de Comunidad Lectora gracias al apoyo de toda la comunidad y el interés por la educación de sus hijos.
Hay que subir para bajar.
Hay que subir para descubrir que el cielo es más ocre, que los loritos vuelan más alto de lo que suponemos y que las montañas comienzan a brillar a las seis de la tarde. Hay que subir y regresar para contar en un informe, lo visto, lo escuchado, lo palpado; para que Juan XXIII no caiga en el olvido de todos los que suponemos que la ciudad es siempre la calle más transitada o el centro comercial más visitado. Hay que subir muy alto para descubrir que nunca se está más cerca de la ciudad.





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