Se empacan en papeles de colores, son de la misma sustancia de los juegos, hacen su aparición cuando hay destierro y silencio entre los seres, sirven de llave para abrir las puertas ya cerradas entre las semanas alargadas por ausencia. Tienen una vaga idea de intercambio, de asunto del dar por el valor del viento, de asegurar que la casa del alma no esta vacía cuando vengan empaquetadas las palabras. Más hay algunos venenos guardados entre el celofàn y la distancia, los hay como cartuchos viejos de antiguas armas disparadas, como seres si sosiego que llegan como una porción del miedo que confunde y asalta nuestras vidas. Es preferible verlos como mariposas vivas, seres con manos que saludan, objetos que ayudan a desprendernos de una queja. Los regalos más hermosos no son costosas apariencias de sustancia, no son formas efìmeras del combate bursátil, son hojas de árboles que sanan, guijarros retomados de los ríos, arenas vestidas de colores, aguas livianas que lavan la tristeza. Los regalos se hacen para descifrar el ojo abierto de quien lo recibe, son la sorpresa de algo parecido a lo inaudito. Hay un deseo enorme de asaltar la rutina con un regalo dado, de trasgredir las normas cotidianas de hacer las cosas por servilismo o por el despreciable acto de comprar las amistades. Un regalo es una noche festiva inesperada, el sexo de una flor abierto en Arizona, la lengua de una filosofa de almendras, el cuerpo expuesto al placer de una pareja de alucinados por los vestidos de la lluvia. Un regalo es la amistad, esa perla oscura que se pierde facilmente entre el temporal de las furias y las envidias del dinero. Un regalo soy yo, recibe esta ofrenda como un punto que se mueve por tu cosmología de aperturas y apariciones entre mi cerebro davidoso y mis manos que te abrazan en el bulevar que cada ser se inventa. Regalo, esta abierto desde ya el paquete de las palabras que se ofrecen.
el fercho.

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